Trevor Jones: Orígenes

Escrito por Óscar Salazar, el 11 julio 2017 | Publicado en Apuntes, Compositores

El año se acercaba a su fin con el calor característico del verano. El pequeño Trevor oía discutir a sus padres en el cuarto de al lado, mientras observaba la marquesina del Gem Cinema. La gran tentación en su vida, esa a la que nunca se había podido resistir. Pronto, terminarían las clases y ya no tendría que preocuparse de las collejas de su madre, al descubrir que, a veces, pasaba el día en el cine en vez de en el colegio.

El Distrito 6 de Ciudad del Cabo era un lugar cosmopolita en los años 50. El resultado de unir la cercanía del puerto con el crisol de culturas que convivían en el barrio. Todavía faltaba un tiempo para que el gobierno terminara por perder definitivamente la cordura. La gente aún se estaba acostumbrando a que lo inusual conformara la regla. Esa época, siempre complicada, en la que parece que no pasa nada, aunque todo esté cambiando, y se puede sobrellevar la incertidumbre, mirando hacia otro lado.

Preocupaciones de un mundo de adultos que quedaban bastante lejos para un niño de ocho años que esperaba a su abuela. Ese día iban a ir ambos al centro. De compras. Trevor llevaba días imaginando qué harían, anticipando el momento. Por eso, en cuanto oyó su voz en el pasillo, salió corriendo hacia ella:

—¡Nana!

Sus padres habían dejado de discutir hacían unos momentos y se despidieron de él, recordándole que tenía que portarse bien con la abuela.

Caminaron unos bloques hasta la parada del autobús. Trevor parloteaba sin parar, contando, por enésima vez, lo que para él era el argumento de su película favorita: una chica enferma, un payaso que la ayuda a recuperarse. Y, sobre todo, la música. Y los cuerpos en movimiento.

Justo lo contrario a la estática y larga cola de gente que esperaba a un autobús que no tardó en llegar.

—Trev, ahora tengo que subir yo a este. Tú coges el siguiente y nos vemos allí.

La confusión ensombreció los ojos del niño. Las cosas no estaban sucediendo como las había imaginado. En sus sueños, subían juntos al autobús y viajaban cogidos de la mano. Comían un helado en el centro.

—Pero, nana, yo quiero ir contigo.

—Y yo contigo, Trev. Pero no podemos.

—¿Por qué no?

La pobre mujer se mordió el labio superior. El niño saltó y se encaramó a la escalerilla con ella, causando preocupación en el conductor:

—Niño, tú no puedes subir. ¿No ves el cartel?

Por primera vez, Trevor reparó en el aviso. Sucio y deslucido, pero bien claro: SOLO BLANCOS. Y, con los ojos húmedos, se bajó sin decir palabra.

El siguiente autobús no tardó en llegar, aunque el día había perdido su magia. Subió sin decir palabra. Tampoco derramó una sola lágrima. Y se vio reflejado en todos y cada uno de los viajeros.

Cuando llegó al centro, su abuela lo estaba esperando.

—¿Por qué no me has dejado ir contigo? Yo quería ir contigo.

—Lo sé, Trev. Pero no es algo que podamos escoger.

—Te odio.

Ella extendió los brazos. Lo acogió. Las lágrimas, reticentes durante el viaje en solitario, se liberaron. Con la mano, acariciaba la nuca de su pequeño. ¿Por qué el mundo tenía que ser así?

—¿Sabes? Me parece que cuando un deseo no se cumple, hay otro por el camino que sí lo hará. ¿Qué te gustaría que te regale Santa Claus este año?

El niño se separó de ella, un poco sorprendido. Los ojos aún brillantes, por las lágrimas. Con la voz más firme que pudo encontrar en su interior, y sin el menor atisbo de duda, dijo:

—Un saxofón.

Y vaya si Santa Claus se lo trajo. Dedicó todo el día de Navidad a aprender a soplar para que aquel instrumento del diablo sonara. Dicen que quien la sigue, la consigue. Solo es cuestión de caer y volver a levantarse. Ese primer día, Trevor se cayó unas cuantas veces y se levantó otras tantas.

También lo tocó al día siguiente. Y al siguiente. Y al otro. El quinto día, desapareció. La paciencia de la familia se había agotado; pero esa enfermedad contagiosa, la música, ya había calado hondo en los huesos de ese niño de ocho años llamado Trevor Alfred Charles Jones. Por suerte para nosotros, se trataba de una enfermedad que no lo abandonaría jamás.